Sugiere el título la irrigación interior. Y se inflama el corazón. Debe ser la emoción lo que provoca tales acciones, tal vez los móviles de lo que bien subraya el coreógrafo sonorense David Barrón (quien dirige la Compañía Las Sangres Danza UV, cuya sede está en Xalapa, Veracruz): “Las sangres es lo que llevamos dentro, lo que nos define y une, lo que me hace verte como un yo más cercano…”
Esta es su razón, por eso imbrica, desde su dirección, los cuerpos sobre el escenario. Las razones nuestras, para interpretar una pieza de danza, son el bagaje, las obsesiones, la historia de nuestra sangre también fluyendo dentro de nuestro cuerpo.
Vemos, y las palabras nos fluyen a borbotones por entre las venas, nace el camino desde el cerebro, y luego se desplaza hacia el pecho, el corazón, el vientre, las manos. Sudamos porque sentimos. Decimos. Las palabras nos explican nuestro contenido de la historia, lo que desde el teatro nos sugieren, y entonces intervenimos, completamos la historia.
Con la mirada atrapamos el movimiento, con los oídos registramos la estética del sonido, o el agravio del ruido. Y así los caminos para degustar o rechazar, digerir o expulsar.
Anoche estuve, estuvimos, prestos a la propuesta de ocho cuerpos en escena, y en lo personal entré al ruedo, celebré al abrirse el telón, con un trago de cerveza, imaginario, la postal primera que nos regala el coreógrafo, con la cual también nos advierte que el tema de la noche es sobre identidad.
Entonces fui un púber campesino otra vez. Y baile la adolescencia, sufrí el desprecio, gocé la aceptación. Tuve también en la piel un trazo dibujándome la raíz de lo que soy. Canté, dolí, sentí.
Me satisfizo la ejecución dancística de los muchachos. Porque se entregaron. Agradecí la alegría en un son construido a golpe de pies sobre la duela, las palmas chocando entre ellas. Sentí cómo la garganta, el canto, es un lenguaje para decir los dolores, las alegrías, en constantes ejercicios guturales para contarme las historias todas desde mi barrio y una tarde de domingo cuando el sol está a punto de caer.
Porque a esa hora, y en domingo, el ritual de la embriaguez es acción obligada. Y los reproches, el desencuentro, la violencia otra vez. En el escenario, y ante Las sangres… entender una vez más cómo la emoción, el impulso, nos convierte en mezquindad, la patanería incesante; sin embargo, aplaudir, reír, es la consigna, porque también están los otros instantes, los del corazón a punto de estallar de tanto darse y recibir.
Concluye la función y sigo briago de imágenes, de sonidos, de intentos por interpretar qué miran los que miran, los bailarines con sus manos en torno a sus ojos para enfocar, para encontrar, y sigo sin saber lo que encuentran. Yo encuentro la alegría, la desazón, contradicciones de lo que somos, y de lo que nos ocurre como humanos. Encuentro también la reiteración de que el cuerpo es un ritual.