Crónica de dos mundos Boletín ISC No. 122 / Febrero 24 / 2010 A través de cantos, poemas, crónicas, relatos y mitos, importantes escritores describieron el mundo y la cosmovisión del México antiguo. El esplendor de Tula, de Miguel León Portilla y La leyenda de El Dorado, de Juan Rodríguez Freyle, dos crónicas y dos maneras de ver el mundo, de utilizar el lenguaje en momentos diferentes, fueron leídas por Josué Barrera y Mayra Borbón. La mesa de narrativa Crónica de dos mundos, se realizó con la idea de conocer cómo a través del lenguaje se describe la realidad de ese momento; estos dos textos muestran procesos culturales importantes en la colonización de Latinoamérica. También nos lleva a la reflexión de que las crónicas conocidas sobre estos hechos que datan del siglo XVI, fueron apenas compiladas hace unos treinta años. La crónica El esplendor de Tula, de Miguel León Portilla, narra que el dios Quetzalcóatl edificó sus cuatro palacios, con quetzal, oro y columnas en forma de serpiente. Y cuando allí vivía, no se mostraba ante el rostro de la gente, se encontraba custodiado el interior de su palacio. Muchas veces los hechiceros quisieron engañarlo, para que hiciera sacrificios humanos, pero él nunca quiso; entonces llegaron tres magos: Tezcatlipoca. Ihuimécatl, Toltécatl. El primero, Tezcatlipoca llegó con un espejo de doble faz y quiso ver a Quetzalcóatl: “Ha venido un joven para mostrarle su imagen”, pero no se lo permitieron. Después de mucho insistir accedió, sólo para darse cuenta de que tenía grandes ojeras, ojos hundidos… “Y cuando se hubo visto Quetzalcóatl, tuvo gran pesar de sí mismo, dijo: si me ven las gentes del pueblo mio, ¿no habrán de correr? Porque muy grandes eran sus ojeras, estaban muy hundidos sus ojos, por todas partes tenía bolsas en el rostro, su rostro no era ya como el de un hombre. Cuando se hubo mirado en el espejo dijo: ¡que nunca me mire mi pueblo, solo aqui habré de quedarme! Entonces salió, le dejó Tezcatlipoca ... “Luego vinieron Ihumécatl y Toltécatl, dos veces, tres veces los regresaron, hasta que les permitieron pasar. Quetzalcóatl probó una bebida fermentada que luego mandó a sus guardias que bebieran. Se desvaneció y al despertar se le oprimió el corazón: “He delinquido”, dijo; al fin se sentó en un alto trono, mortificado se puso a llorar ante su dios. Tomó sus atavíos, se puso sus insignias de plumas, su máscara de turquesas. Y cuando se hubo ataviado, entonces se prendió fuego a sí mismo, se quemó, se entregó al fuego...” El origen del mito de El Dorado, descrito por Juan Rodríguez Freyle en El Carnero, es el más famoso de cuantos estimularon la exploración y conquista del continente americano, se remonta al año 1534 y despertó la codicia de soldados y aventureros. Fray Felipe Salvador Gilly narra en sus crónicas del siglo XVIII, expediciones y muertes de los españoles al buscar esta tierra mítica; decía que eran de oro las rocas, y de oro y plata las arenas, de oro las vajillas, arneses, armas y casas. La leyenda fue divulgada por los conquistadores, se extendió por el norte de América Meridional, descendió al Perú, y de allí pasó, algunos años más tarde, al Río de la Plata; pero no tardó en asimilar nuevos y fabulosos elementos que la desvirtuaron totalmente. El mito concluyó por no guardar relación alguna con el cacique dorado, y se llamó El Dorado a las regiones auríferas y diamantíferas de distintos lugares de América, absolutamente imaginarios, a los que se creía emporio de riquezas incalculables. En busca de El Dorado salieron muchas expediciones en la segunda mitad del siglo XVI, que se convirtieron en viajes desgraciados para muchos españoles. Sir Walter Raleigh sobresale entre los extranjeros a quienes deslumbró la célebre leyenda, y que llegaron a América en pos de una quimera que tuvo también en Europa fervorosos propagandistas; incluso es citado en el libro Cien años de soledad. El Dorado es un tópico constante en la nueva narrativa de la conquista, al igual que la búsqueda de la riqueza de nuestras ciudades de oro Cívola y Quivira, hoy situadas en el noroeste de México. |
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